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Dinámica institucional y económica en la consolidación colonial del Valle del Cauca

SOBRE LAS HACIENDAS DEL VALLE
“El desequilibrio entre una población escasa y tierras abundantes no solo confería rasgos típicos a una sociedad, sino que tenía como resultado la conservación, en gran medida, del paisaje original. Una hacienda del siglo XVIII solía tener límites muy imprecisos, generalmente señalados por la presencia de zanjones naturales o de algún otro accidente del terreno. Aun a comienzos del siglo XIX, la mensura era desconocida, y se daba una idea de la extensión refiriéndose a la capacidad de una propiedad para alimentar cierto número de cabezas de ganado”.

Colmenares, Germán. Cali. Terratenientes, mineros y comerciantes, siglo XVIII. Universidad del Valle, Cali, 1997, p. 40).
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Capilla hacienda el Alisal

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Hacienda Concepción de Amaime
Fotos: Otto Moll
La soberanía sobre las colonias españolas en América no fue ejercida precisamente por el Estado español, sino por los reyes, tanto durante el gobierno de los Reyes Católicos como por Carlos V y sus descendientes, modelo que se reformaría en el siglo XVIII por la casa o dinastía Borbón. Durante el reinado de los Reyes Católicos y la dinastía de los Austria, se constituyeron las instituciones básicas de organización colonial (cabildos, gobernaciones y primeros virreinatos), mediante la adecuación de algunas instituciones medievales y españolas para crear una base institucional propia de las colonias en América y un aparato jurídico absolutamente nuevo e independiente, conocido como el Derecho Indiano.

La construcción de las colonias y la puesta en función de estas primeras instituciones dieron lugar, en el caso de las ciudades fundadas por Sebastián de Belalcazar, a la búsqueda de una jerarquización entre ellas, desde el punto de vista político, en unas relaciones institucionales conflictivas entre Cali y Popayán, originadas en las aspiraciones por la sede de la Gobernación.

Parte de este conflicto se manifestó en la escasa atención que Popayán presto al levantamiento de los Noanamaes (Waunan), el cual interrumpió las comunicaciones del valle con el Nuevo Reino (Bogotá y sus alrededores)por el camino del Quindío e incrementó, a cambio, la utilización del camino de Guanacas que favoreció a Popayán, punto de partida de dicha vía. Sumado este aislamiento al agotamiento de las minas de Anserma y Toro se buscó como alternativa la extracción del oro en las minas del Raposo, territorio correspondiente a la Costa del Pacífico del actual Departamento del Valle del Cauca. Esta circunstancia indujo transformaciones en la estructura económica de la región con la formación de las haciendas, cuya fuerza de trabajo fue inicialmente importada de África bajo un régimen esclavista; y el ausentismo de los vecinos en el Cabildo, quienes empezaron a residir en sus propiedades rurales.

El sistema esclavista colonial permitió una concentración de la riqueza sustentada en el circuito hacienda-mina, dinamizado por un amplio comercio. A su vez, éste dio lugar a un orden social en que la dinámica demográfica permitió intensas mezclas que, unidas a la libertad de esclavos, produjeron una población de libres vinculados como pequeños propietarios o arrendatarios a la economía rural, es decir, el surgimiento del campesinado.



Relaciones institucionales


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Escudo de Cali otorgado originalmente por el Rey de España en 1559
CARTA DE BELALCÁZAR AL REY
“Luego como llegué a esta tierra de las provincias de Quito, de aquella jornada que en servicio de Vuestra Majestad hice con el Licenciado Vaca de Castro para aviamiento y despacho suyo, hallé una provincia de los Timbas que es de los términos y repartimiento de la ciudad de Cali, alzada y rebelada del servicio de Vuestra Majestad, y muerto en ella un Capitán con veintidós españoles, que habían salido a visitarla, que no poco escándalo y desasosiego puso naturales comarcanos y a mí no menos cuidado y mucho gasto de mi hacienda en allegar y juntar gente y comprar las armas y pertrechos para la expedición de la guerra necesarios; y así junta, despaché un capitán con noventa hombres arcabuceros y ballesteros”.

Cespedesia. Vol. XIV. Cali, Enero-Diciembre de 1985, Nos. 51-52.
PARTICIPACIÓN REGIONAL EN EL VOLUMEN DE ORO DECLARADO PARA EL PAGO DEL IMPUESTO DEL QUINTO REAL (%)

Años Popayán-Barbacoas Chocó Antioquia
1735-39 43.2% 51.2% 5.6%
1755-59 40.6% 43.3% 16.1%
1775-79 40.4% 29.3% 34.2%
1795-99 34.7% 36.7% 38.3%

Fuente: Melo, Jorge Orlando. Producción de Oro y Desarrollo Económico en el siglo XVIII. En: Revista Universidad del Valle. No. 3-4. Cali, 1977.
En los procesos de conquista y colonización española siempre fue importante la definición de la sede de las autoridades y, con ello, el establecimiento de las preeminencias. Así, obtener un título de ciudad, un escudo de armas y la distinción de “noble y leal” no era cosa de poca monta, como símbolo de poder durante el período colonial, y sí motivo de emulación entre las ciudades.

Una vez descubiertas las provincias que se llegarían a conocer como la Gobernación de Popayán y fundadas sus primeras ciudades (Cali y Popayán), se produjeron una serie de tensiones por la preeminencia de una de ellas y el sometimiento de la otra y las demás que luego se fundaron.

Si el criterio fuera el de la antigüedad de la fundación, la precedencia en el poder la tendría Cali (julio de 1536) sobre Popayán (enero de 1537). Ahora bien, si la importancia fuera por la antigüedad en la obtención de títulos y escudos de armas, Popayán los obtuvo en 1538 y Cali en 1559.

Estos títulos parecen hoy superfluos, pero en aquella época eran símbolo de la cercanía de la ciudad con los afectos del rey y, en directa correlación con este afecto, la posibilidad de alcanzar el poder institucional representado en las sedes de los diferentes cargos de gobierno: la residencia oficial del gobernador, la sede episcopal, las Cajas Reales, y, para una provincia minera, la Casa de Fundición.

En cuanto hace a la residencia del gobernador, aunque durante los primeros años estos funcionarios residieron en Cali y Cartago, desde muy temprano se reconoció a Popayán como cabecera de la Gobernación. Varios hechos muestran esta proclividad de los gobernadores, empezando por Sebastián de Belalcazar quien aparece presidiendo y firmando como gobernador en las actas del Acuerdo de Real Hacienda, en Cali, hasta 1546; de esta fecha en adelante, aparece presidiendo y firmando en las actas del Cabildo de Popayán. La sede episcopal, aunque nunca fue una aspiración de Cali frente a Popayán, si parece que llegó a considerarse su eventual traslado a Cali por parte del primer obispo, Don Juan del Valle.

La institución que realmente fue objeto de permanente y más prolongado forcejeo fue la Real Hacienda, compuesta por las Cajas Reales y la Casa de Fundición. Esta institución y estas oficinas eran en realidad la manifestación más tangible del poder económico de la Corona: las Casas de Fundición obligaban a que todo el oro de una región pasara necesariamente por la ciudad donde ellas estuvieran; las Cajas Reales recogían todos los impuestos de la Gobernación y el Acuerdo de Real Hacienda decidía sobre la utilización de dichos fondos. Estas características hicieron que tanto las Cajas Reales como la Fundición permanecieran en Cali, la ciudad de “mayor comercio y trato de la Gobernación", haciendo más atractiva la ciudad para las demás autoridades. Finalmente las Cajas Reales y la Casa de Fundición fueron trasladadas a Popayán en 1643 por orden de la Real Audiencia de Quito.

Minas del Raposo


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Mujer lavando oro. Río Cauca 1991 (Calendario), CVC, Cali, Foto Federic Chastro, Niki Calero, Federico Orozco.
LOS ESPACIOS DE LA MINA


LOS ESPACIOS DE LA MINA

1-El corte o canalón que se corresponde con el placer, y es el sitio del río donde se realiza el lavado de las arenas para obtener el oro.
2-Un espacio dedicado a la agricultura, denominado indistintamente sementera o platanar, donde se cultivaban los varios productos agrícolas de la región, estrictamente indispensables para el abastecimiento básico
3-Las instalaciones, endebles edificaciones que servían de habitación a los miembros de las cuadrillas; generalmente este espacio estaba incorporado al espacio anterior y virtualmente al ser el lugar de la administración, se transformaba en frontera y vínculo entre los otros dos espacios.

Zuluaga, Francisco. Conformación de las sociedades negras del Pacífico. En: Historia del Gran Cauca, Universidad del Valle, Cali, 1996, p. 232).

A comienzos del siglo XVII, aunque ya se había manifestado un declive en la producción del oro fundido en Cartago, la explotación minera en el área se abandonó casi totalmente por el levantamiento de la alianza militar de los Noanamaes, Quimbayas y Pijaos que consiguieron obstaculizar el tránsito por la montaña del Quindío y el comercio que por este camino se venía realizando. Para la economía del valle esta situación tuvo consecuencias más allá de la simple interrupción del comercio. La represión de la rebelión por parte del gobierno de Popayán no fue suficiente, y al prolongarse esta incomunicación, la producción y circulación de las mercancías del valle y la recepción de productos provenientes del valle del Magdalena o de Cundinamarca no pudieron realizarse sino únicamente por la vía del llamado Camino de Guanacas; el que unía a Cali - pasando por Popayán, La Plata y Neiva - con Santafé. Este embotellamiento dejó inactivos a los mineros del valle y con excedentes en la producción de las estancias ganaderas del centro de la región. La respuesta de los vecinos afectados fue buscar una alternativa minera y fortalecer el camino de Buenaventura para crear un circuito económico en el que serían fundamentales los nuevos yacimientos auríferos en las Provincias del Raposo y Chocó, en la costa del Océano Pacífico. Estas minas se distinguían de las minas de Cartago y Anserma por su forma de abastecimiento. En las del Raposo no existía, aparte del maíz y algunos frutales, otro producto para la alimentación de la fuerza de trabajo esclava; estos alimentos en algunas ocasiones los abastecían deficientemente algunos indios tributarios vecinos de las minas. Para responder efectivamente con los elementos necesarios en la mina (carne, tabaco, miel, aguardiente) los propietarios, simultáneamente dueños de estancias en el valle, debieron modificar éstas transformándolas en haciendas.

Haciendas.


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Hacienda de Quebrada seca

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Hacienda Piedechinche
Fotos: Otto Moll
El aislamiento provocado por los levantamientos indígenas, al interrumpir la producción de oro en el área de Cartago, y el consiguiente decrecimiento en el consumo de la carne producida en el centro del valle del río Cauca, obligó a mineros y propietarios de estancias a buscar alternativas que les permitieran obtener el oro y crear un mercado para sus productos; esta solución la encontraron al conocer la riqueza en oro de los ríos de la Costa Pacífica, en la Provincia del Raposo. El abastecimiento de estas minas requería, además de la carne, productos como tabaco, mieles y aguardiente, que fueron suministrados por una nueva unidad de producción en el valle: la hacienda. En el paso de estancia a la hacienda fue importante la diversificación de la producción que agregó al pastoreo de ganado la siembra de tabaco, caña de azúcar y productos de pan coger (maíz, yuca, plátanos, frijol, frutales, además de hierbas medicinales). Esta modificación en la producción trajo consigo la presencia del dueño de la tierra y la construcción de casa de habitación para él y su familia, debiendo levantar barracones o chozas dispersas para los esclavos.

De esta manera se logró configurar un circuito económico entre la mina y la hacienda, basado en la fuerza de trabajo esclava. De la mina se extraía el oro que se trasladaba a la hacienda, donde se producían todos los elementos necesarios para abastecer la mina y que no eran susceptibles de un comercio amplio por su condición de perecederos. La mina producía el oro, artículo no perecedero, el que se acumulaba en la casa de la hacienda y servía para todo tipo de transacción sin restricción de clima o de distancia y, por lo tanto, la hacienda se erigía como signo de riqueza, prosperidad, icono de poder y aportadora de prestigio social y político para sus propietarios.

El ausentismo de los vecinos.


Como instrumento de conquista y principio de colonización, el establecimiento de estancias ganaderas en las Mercedes de Tierra, el aniquilamiento de la población indígena y la permanencia de los españoles en sus casas del perímetro urbano, dieron a las primeras ciudades el carácter de rurales en tanto centros administrativos del área rural. Estas unidades territoriales giraron en torno a unos propietarios de la tierra que permanecían en la ciudad para atender las reuniones del Cabildo, algunos actos públicos como jubileos por nacimiento de un nuevo príncipe y por asuntos personales. Al transformarse la estancia en hacienda, la multiplicación del trabajo y la sensación material inmediata de la puesta en producción del fundo ató a los hacendados a sus propiedades, impulsándolos a ser ausentistas del área urbana, a abandonar sus posiciones en el Cabildo y a cumplir con los deberes religiosos en la capilla de la hacienda.

La nueva producción creó también una dinámica mayor en el mercado local del pueblo, tanto en el orden económico como en el social, trayendo asuntos y problemas nuevos que debía solucionar el Cabildo. Por estas razones, a partir de finales del siglo XVII, se hicieron cada vez más frecuentes los reclamos del Cabildo por la ausencia de los ediles en las sesiones ordinarias.

Régimen esclavista


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Distribución de los esclavos al interior de un barco. Tomado de: Historia de Colombia. Salvat editores, Bogotá, 1986.
SOBRE INTRODUCCIÓN Y RÉGIMEN ESPECIAL PARA LOS ESCLAVOS EN LA GOBERNACIÓN DE POPAYÁN

“Discurso sobre los negros que conviene se lleven a la Gobernación de Popayán; a las ciudades de Cali, Almaguer, Pasto, que son necesarios hasta dosmil negros y los mil y ducientos varon (es) y los ochocientos, mayores de diez y siete años y aunque algunos sean de cuarenta, porque para esta población importa que algunos haya de edad que los otros respeten”.

de Auncibay, Francisco. 1592, Archivo General De Indias, Patronato. En: Cespedesia No 45-46, INCIVA, Cali, 1983, p. 323, Transcripción de Víctor Manuel Patiño.
Comentario del historiador Jaime Jaramillo Uribe sobre la carta de Auncibay:

Por cierto que el licenciado Auncibay da normas muy precisas sobre la organización social que debe darse a estas colonias de negros y cita como fuente de sus ideas la Utopía de Tomás Moro. Los negros deben introducirse de Guinea, cristianizarse y agruparse en colonias de no más de trescientos, sin comunicación entre sí: “Se les ha de prohibir el comerciar unos con otros, el que el Tomás Moro escribió en su Utopía admirablemente de donde pude yo sacar este concepto, porque de la comunicación hay peligro y confusión de los casamientos y será mejor que se casen cada cuadrilla entre sí. Los pueblos se poblarán en sitios sanos y cuanto fuere posible sin mosquitos y junto al río que al negro le es salud y limpieza y gran sustento si tiene pescado”. Luego se extiende sobre otras normas de organización social. Se regularán las penas, que irán desde azotes a desorejada y pena de muerte, caso este último en que el dueño será indemnizado con doscientos pesos. Se les darán alguaciles “de ellos mismos”, podrán ser libres si son libertados por sus amos, pero no podrán abandonar las minas y emigrar a otras partes, y en cuanto a relaciones con los indios se les prohibirá “todo comercio, ni compadrazgo, ni borrachera, ni confraternidad juntos ”.

Jaramillo Uribe, Jaime. Ensayos sobre historia social colombiana. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1968, Pp. 8 – 9.
Es necesario distinguir entre esclavitud antigua y esclavitud moderna, así como entre esclavitud y esclavización. Reconociendo la antigüedad de la esclavitud y su existencia como sistema esclavista, este último comprende toda una organización social y política cimentada en la relación de dependencia absoluta mediante la propiedad de la fuerza de trabajo -por parte del propietario- de la tierra y los medios de producción. En la antigüedad un hombre llegaba a hacerse esclavo de otro como botín de guerra, como deudor insolvente o como indigente que se entregaba a cambio del sustento de él y su familia; en ese entonces cualquiera que cayera en esta situación, sin importar sexo, raza o credo, quedaba reducido a una esclavitud de la que podía redimirse. En cambio, la esclavización de africanos por parte de europeos cristianos propició que la esclavitud moderna se redujera a personas de raza negra, preferentemente infieles (no cristianos), como mercancías de libre disposición del amo europeo.

En el caso de América la esclavitud, aunque pasaba por alguna escaramuza o batalla en que fuera apresado el hombre africano, se puso en práctica en condiciones capitalistas; se entendía, así, al esclavo como mercancía mediante la trata negrera o comercio de esclavos, y procurando utilizar el proceso de esclavización como un proceso de aculturación sobre hombres y mujeres africanos trasladados a América.

De acuerdo con sus habilidades, estos hombres sometidos a esclavización con la intencionalidad de hacerlos “cosa”, se dedicaron finalmente a las actividades requeridas por el amo, teniendo en cuenta su distribución en unidades económicas que, en la Gobernación de Popayán fueron minas, haciendas, trabajos domésticos y artesanales; allí era importante aprovechar sus habilidades y, sobre esta base, continuar la actividad aculturadora. En todo este proceso el hombre se resiste a ser reducido a “cosa” y desarrolla procesos de resistencia con los que procura morigerar la aculturación y buscar la recuperación que en el transcurso de “cosificación” había perdido como ser humano.

Esclavización


La esclavización fue el dispositivo utilizado por el sistema esclavista para someter un ser humano a la condición de esclavo. Este dispositivo se hizo presente desde el momento de su sometimiento en África cuando se le desarraigó; se le empezó a negar su condición de persona en su tránsito hacia América cuando se le adjudicó un número en reemplazo de su propio nombre y se le bautizó en rito cristiano en puertos negreros; se le desocializó en la venta individual y en su incorporación a una cuadrilla de la que frecuentemente él era el único proveniente de su propia región en África; al ser parte de un grupo, pero sin poder participar de sus decisiones y de su organización, el sujeto esclavo se descivilizó; se le negó la posibilidad de ejercer libremente su rol de padre o madre al procurar impedirle la unión estable y saber que su hijo era propiedad absoluta del amo. Por último, al asignársele un lugar y un oficio como esclavo se adscribía a un lugar que no le pertenecía, ni en términos de tenencia de tierra ni en términos sociales, ni él pertenecía a ese lugar, lo que hacía que el esclavo -estuviera dónde estuviera- fuera un extraño.

Con el proceso señalado, el mundo esclavista procuró despojar al africano de su condición de persona portadora de una identidad y una cultura. En otros términos, este proceso tuvo una función deculturadora del africano que llegaba a América con la finalidad –no cumplida- de que la persona desapareciera dando paso al esclavo como “cosa”, objeto de libre disposición por parte del amo. Al tratarse de una persona era imperativo que el despojo de su condición humana fuera reemplazado con nuevos elementos, en los que el esclavo se transformara en una especie de semoviente que pudiera realizar y tener autonomía en algunas actividades y fuera perfectamente funcional para la cultura dominante. Este proceso de aculturación corrió parejo con el de deculturación que consistió en: reemplazar el nombre africano por uno cristiano; permitir su socialización en un grupo (cuadrilla) con sus compañeros de cautiverio; imponer el español como lengua obligatoria referente para el grupo; aceptar que, aunque se considerara que no tenia intelecto suficiente para sentirse sujeto, si se le reconocía la posesión de un alma que podría salvar si se comportaba como buen esclavo; y finalmente, aprovechando sus habilidades, se le entrenaba para desempeñar tareas específicas bien fuera en una mina, en una hacienda, o como esclavo doméstico desde la perspectiva europea.

Trata negrera


Se conoce como trata negrera el comercio de esclavos africanos hacia América durante el dominio del imperio español. Según el historiador Jorge Palacios Preciado, se presentaron tres etapas principales en aquel comercio:

Las Licencias: 1501-1595. Etapa que corresponde a los permisos concedidos inicialmente a funcionarios reales, según su condición y categoría, y luego, a particulares y comerciantes en general y a instituciones y entidades, como cabildos, conventos y comunidades religiosas, para conducir esclavos negros de los puertos y ciudades españolas a América.

Los asientos: 1595-1789. Fueron contratos de abastecimiento de fuerza de trabajo, con carácter de monopolio, establecidos entre la corona española y las compañías negreras con intervención de los países y gobiernos que poseían factorías en las costas africanas y colonias en el Nuevo Mundo, como Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. Fue el período más importante del comercio de esclavos en América, comparable a la masiva introducción de negros en Estados Unidos, Brasil, Cuba y otras regiones antillanas a lo largo del siglo XIX, después de la abolición legal de la trata.

Libre Comercio: 1789-1810. Es la versión de la política económica de los Borbones en lo que respecta al suministro de mano de obra esclava a las colonias en América. Se adaptó con miras a que mineros, hacendados y particulares pudieran proveerse de la fuerza de trabajo y superar así la crisis en que caían las colonias por las interrupciones de la trata y lograr un incremento sustancial de la producción, objetivo que tanto preocupaba a la corona. En general, esta etapa sería interferida por la beligerante actitud inglesa y por el proceso de independencia política. Calcular la magnitud de la migración forzada de africanos a América resulta aún bastante aventurado. Los cálculos oscilan entre los 10 y los 45 millones, con una distribución porcentual calculada así: Brasil 40%; América española 18%; Caribe inglés 17%; Caribe Francés 17%; Estados Unidos 6%. A Nueva Granada le habría correspondido el 22% del total de las importaciones hispanoamericanas hasta 1807”.

Palacios Preciado,Jorge. “La Esclavitud y la sociedad de Castas” En: Historia de Colombia , Salvat editores, Bogotá, 1986, Tomo 3, Paginas 667-669.

Distribución en unidades económicas


La trata intercontinental, además de realizar el traslado de los esclavos hasta los puertos más importantes de América -para nuestro caso Cartagena y Portobello- fue aprovechado para adelantar el proceso aculturador, especialmente buscando la despersonalización del africano.

En Cartagena se lo transformaba en mercancía para su distribución en el interior, antes de aplicarse a su oficio de esclavo en una unidad económica específica. Aunque la distribución desde Cartagena tomara diversas vías como Río Hacha o Portobello, la principal y más importante para nuestro caso fue la vía que, tomando el río Magdalena, conducía hasta la ciudad de Honda y, desde allí, tomando el camino del Quindío, llegaba al primer mercado importante del suroccidente, Cartago, donde eran comercializados con destino a las minas del Chocó y algunas de las haciendas de Buga; luego se realizaban ventas en Cali y en Popayán.

Las transacciones en Cartago muestran que se daban dos tipos de comerciantes de negros. Los grandes tratantes traían cargamentos entre 5 y 40 esclavos adquiridos en Cartagena para distribuirlos en el interior; también puede observarse que, en estos casos, los compradores podían ser propietarios de minas o comerciantes cuya finalidad evidente era la de venderlos al pormenor en mercados cercanos a las explotaciones mineras; algunos de estos compradores fueron vecinos de Cartago o Buga que, probablemente, utilizaban transitoriamente esos esclavos en las tareas agrícolas mientras lograban una transacción favorable. Los que podríamos llamar tratantes menores generalmente ejercían la compraventa al detal, de uno a cinco esclavos, siendo éstos en su mayoría negros criollos. En este caso los comerciantes eran vecinos de Cartago, Toro, Buga o Anserma y usualmente declaraban otro oficio como el de hacendado o minero. Es claro que servían simplemente de intermediarios en un mercado regional y, en algunos casos, se trataba simplemente de que el hacendado o minero, por una razón u otra, buscara salir de algún número de sus esclavos o adquirir nueva fuerza de trabajo. Entre los negros criollos, objetos de estas transacciones, se presentaba el mayor número de casos en que se indica un oficio, manifestando con ello algún nivel de especialización aprendida en su lugar de origen. Situados en el valle del río Cauca, los esclavizados se aplicaron a la ganadería en estancias y haciendas, conformando pequeños grupos de habitaciones dispersas en las haciendas; en las minas, fueron organizados en cuadrillas y habitaban en pequeñas rancherías y, finalmente, sobre bases familiares, se distribuían los cortes de las minas para su explotación; en los núcleos urbanos ejercieron los trabajos domésticos, destacándose su desempeño como nodrizas y en los saberes de la cocina. Además, en la medida en que fueron adquiriendo la libertad, ejercieron los oficios en que eran especialistas haciéndose notoria su participación como artesanos en núcleos urbanos; por ejemplo: herreros, zapateros, costureras, fritangueras, tabaqueras.

Resistencia


El sometimiento de los africanos y sus descendientes a la esclavitud, como negación de la persona, fue rechazado desde un primer momento. Si bien en el instante de su captura y en los días previos de su viaje hacia América el africano pudo intentar la fuga, desde el momento en que el barco zarpaba se empezaba a dar una resistencia sistemática representada en acciones activas como el amotinamiento o pasivas como la negativa a comer o a remar. Una vez llegados a Cartagena, el acto más frecuente y significativo de resistencia fue la negativa al bautismo con nombres y apellidos españoles, siéndole aceptado ser apellidados con el nombre de su etnia originaria. Iniciada la trata interior, algunos lograron fugarse antes de ser vendidos a su dueño definitivo. Establecidos en su destino y vinculados a la producción, la resistencia activa y pasiva adoptó nuevas formas: la resistencia pasiva se trasladó a la producción y a la vida cotidiana como la muerte provocada del recién nacido para evitar su esclavización y la negativa al trabajo; la resistencia activa se dio en el enmontamiento y se consolidó cuando los fugados se establecieron en lugares de difícil acceso donde crecieron y se multiplicaron sin control y sin organización alguna engendrando una población que generalmente se llamo cimarrona. Algunas de estas fugas tuvieron suficiente éxito como para localizarse varias familias en algún lugar y establecer un núcleo organizado para resistir la represión de las autoridades y los amos, lo que se denominó palenque.

En territorios del valle del río Cauca se dio un cimarronismo extendido en el sur, especialmente en la jurisdicción de Caloto y se produjo un intento de establecimiento de palenque en Cartago, conocido como Palenque de los Cerritos. Estas resistencias continuaron y se vincularon con los procesos independentistas que prometieron la libertad o la abolición de la esclavitud.

Surgimiento del campesinado.


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Fuente: Álbum Comisión Corográfica, Vol. I, p. 51
CAMPESINOS DEL VALLE:


“En el siglo XVIII, el campesino vallecaucano fue creando su propio mundo desde su finca en posesión familiar, pasando por la conformación de caseríos en comunidad y relacionándose con un medio ambiente rico en fauna y flora de ríos, ciénagas y montes. Desde esos 3 niveles de relación con la naturaleza circundante, las familias y comunidades campesinas lograron crear nuevas formas de subsistencia, nuevas relaciones de trabajo, métodos y técnicas nuevas para el aprovechamiento de los frutos que la naturaleza brindaba. Estas alternativas de desarrollo comunitario eran diferentes al desarrollo con base en la producción hacendataria y la minería liderado por hacendados, mineros, comerciantes, eclesiásticos y funcionarios de la Corona española en América. Finalmente, se estaba creando una nueva cultura en medio de, o al interior de, una sociedad clasista, jerarquizada y racista que buscaba con la acción del poder eclesiástico, económico y militar contener la irrupción de aquella nueva sociedad campesina libre que cada día se hacía más sólida”.

Mejía Prado, Eduardo. Origen del Campesino Vallecaucano, Universidad del Valle, 2º edición, Cali, 1996, P. 119.
En los últimos años de la dominación española, el valle geográfico del río Cauca era un espacio ocupado por haciendas, parcelas de autosubsistencia, reducidos núcleos urbanos y sitios de pobladores libres, en el marco de una sociedad esclavista colonial.

Sin embargo, aquel sistema esclavista ya mostraba signos de su decadencia, expresada no tanto en la disminución de la producción minera, sino en un nuevo tipo de relaciones sociales y formas de posesión de la tierra diferentes al trabajo esclavo y a la gran propiedad. Al impulso de uniones sexuales –legales o ilegales, formales o violentas- entre indios, blancos y negros se generó un acelerado proceso de mestizaje. Durante la segunda mitad del siglo XVIII pobladores pardos, mulatos, negros libres, mestizos y blancos pobres constituían la mayoría de la población en el valle del río Cauca y fueron el origen del campesino vallecaucano. Buena parte de ellos establecieron fincas o parcelas en terrenos despreciados por los hacendados por ser anegadizos y enmontados; otros fueron absorbidos por las haciendas en condición de agregados, arrendatarios o terrazgueros mediante la posesión de un pequeño terreno a cambio de una renta en trabajo o en especie; algunos, a través de la compra de derechos en tierras de herencia no divididas jurídicamente, lograron adquirir lotes que ocuparon con sus familias en globos de terrenos indivisos. Aquel espacio de haciendas y ciudades coloniales con una producción agropecuaria con base en el trabajo esclavo se estaba transformando, abriendo espacios a nuevos formas de relaciones sociales y posesión de la tierra que en su desarrollo minaron el sistema esclavista colonial.

Aprovechando la rica flora y la fauna de la subregión, y desbrozando parte de los montes para establecer fincas que explotaron con sus familias, los campesinos o “libres de todos los colores” –como se les menciona en documentos de la época- unidos a los blancos pobres, lograron vincularse a la actividad agropecuaria con una producción que vigorizó los mercados en las localidades y con las regiones vecinas, principalmente la Costa Pacífica, Antioquia y la altiplanicie de Popayán.

De otra parte, a medida que ampliaban la frontera agrícola interna con sus “platanares”, o fincas, criaban cerdos en los montes anegadizos cercanos a los ríos, cazaban aves y anfibios en las ciénagas y producían –clandestinamente o no- aguardiente y tabaco. Así fueron construyendo un territorio surcado por caminos que unían parcelas y caseríos entre sí y éstos con las antiguas ciudades coloniales. Empero, en una sociedad altamente jerarquizada de acuerdo al color de la piel de las personas y con base en la propiedad sobre las tierras, hombres y minas, aquellos campesinos eran vistos por funcionarios, hacendados y eclesiásticos como focos de levantiscos, infieles, ladrones, amancebados y, potencialmente, perturbadores del orden defendido por las elites locales y regionales. Los conflictos, entonces, eran numerosos y tenían relación con el abigeato, uso de caminos, robo de guaduas, límites de propiedades y posesiones, resistencias a medidas fiscales como la producción de aguardiente y tabaco en zonas no autorizadas y resistencia a medidas tomadas en los cabildos sobre poblamiento y “obras públicas”.

En general, era una sociedad que mezclaba elementos propios del sistema esclavista colonial, como el trabajo esclavo en haciendas y minas y la concentración de la propiedad en pocas familias, con elementos nuevos, surgidos en el avance de los campesinos con sus actividades agropecuarias y culturales, que generaron formas de trabajo, posesión, mercados, vida cotidiana y poblamientos alternos a los desarrollados por los sectores dominantes aunque, valga decirlo, en relación y reciprocidad permanente con estos últimos.