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Migración y Cambio Social

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Sistema de transporte antiguo.

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Sistema de cultivo con mula, 1928

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Rastrillado con implemento de discos y tractor International, 1928.
Foto: Archivo de Manuelita S.A.{DIV}Mientras los sectores dirigentes de la economía y la administración política del nuevo Departamento del Valle del Cauca diseñaban el desarrollo regional, sobre las bases de misiones científicas y concepciones generales sobre una sociedad en construcción, el grueso de la población respondía tanto a sus anhelos decimonónicos como a los pequeños pero extendidos cambios a que dio lugar la ejecución de las políticas diseñadas por el nuevo Departamento, ligadas a las recomendaciones de las misiones científicas y reconocimientos agropecuarios.

En esta construcción de una sociedad con una nueva concepción del mundo, se puede apreciar como la ciudad capital - Cali - incrementó su liderazgo regional e influyó en la aparición de nuevas costumbres en los municipios. Los medios de transporte (ferrocarril y navegación a vapor) crearon nuevos oficios; la utilización del mismo transporte produjo una mayor circulación no sólo de mercancías, si no de gente que fue consolidando el espacio departamental en sus relaciones con la capital y los otros municipios; las nuevas empresas y la actividad comercial atrajeron población, inicialmente de los pueblos cercanos y posteriormente de otros departamentos, dando continuidad a las migraciones y cambios demográficos que desde el período colonial se habían presentado en la región. Las migraciones coloniales fueron preponderantemente externas a la región y al continente americano, mientras que las migraciones del período republicano han sido, básicamente, internas al país y aún a la región vallecaucana con una tendencia a la sustentación del desarrollo urbano.

De las migraciones coloniales, la más numerosa fue la introducción masiva y forzada de población africana para aplicarla en modalidades esclavistas de sujeción y producción. A partir de la Independencia, el agotamiento de las relaciones laborales con mano de obra esclava fortaleció el trabajo libre de campesinos que, durante el siglo XIX, ampliaron la frontera agraria y fueron aglutinándose en unidades básicas de poblamiento urbano. Con el tiempo y el desarrollo comercial y empresarial, éstas unidades permitieron, en el siglo XX, el tránsito de campesinos a obreros.

Fue en ese momento cuando las ciudades empezaron a expandirse ocupando nuevos espacios urbanos y generando nuevas dinámicas comerciales; aspectos que, vinculados a nuevas costumbres, fueron el piso para el despegue de algunas industrias urbanas dirigidas a atender el desarrollo agroindustrial que empezaba a consolidarse y a los requerimientos de concentraciones de población urbana con nuevas necesidades. La distinción entre el trabajador de campo y el trabajador de industria y comercio, que apareció más claramente en ese momento, coincidió con una nueva perspectiva política nacional que impulsaba las nuevas organizaciones de trabajadores y campesinos; lo que en el ejercicio del gobierno de Alfonso López Pumarejo se materializó en la Ley 200 de 1936 y la aprobación de leyes laborales a favor de la organización sindical.


Migraciones y cambios demográficos.

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Fuente: Geografía pintoresca de Colombia, Grabado No. 178.

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Era común en el Valle, hasta finales del siglo XIX, que en actividades cotidianas como el lavado de ropas en el río las mujeres llevaran el torso desnudo. En los pueblos, el acarreo del agua era realizado por muchachos que utilizaban trozos de guadua como recipientes y los burros como transporte.
No se encuentra lejos de la verdad la aseveración, de circulación popular, según la cual el Valle y Cali son región y ciudad de migrantes. Si se tiene en cuenta la escasa población indígena que pudo sobrevivir a la conquista española en el siglo XVI, bien podemos afirmar que los primeros migrantes, invasores de este territorio, se constituyeron rápidamente en el punto de partida del poblamiento del valle geográfico del río Cauca.

Efectivamente en el siglo XVI existía en el valle una población de más de 30.000 indígenas los que, en el enfrentamiento con el invasor español, fueron diezmados por la confrontación bélica, por las enfermedades traídas por el europeo y por la "pena moral" (incomprensión del mundo al que estaban siendo sometidos). A comienzos del siglo XVII el número de indígenas había descendido dramáticamente a un 5% de la población original. Los pocos sobrevivientes se desplazaron hacia las partes altas de las cordilleras, dejando el espacio libre para la toma de posesión de la tierra, el establecimiento de vecindarios y la erección de ciudades en la medida en que avanzó, de sur a norte, la colonización española creando una región donde se perfilaron las funciones de las ciudades, de acuerdo con las necesidades generadas por el tipo de producción correspondiente y las características naturales de cada subregión.

El crecimiento de la población en el valle, bajo el dominio español, estuvo marcado por sus instituciones y formas de poblamiento tradicionales en España, de tal manera que se establecieron núcleos urbanos con población española y se adelantó el ejercicio de territorialidad sobre el área rural con algunos indígenas, convertidos en vaqueros, para la explotación de estancias ganaderas que en el valle se iban abriendo en una colonización de ciénaga y bosque, realizada por el mismo ganado y que pronto transformó bosque y ciénaga en pradera.

Esta distribución de la población en el valle del río Cauca presentó un proceso expansivo siguiendo el orden de fundación de las ciudades, incrementándose el número de habitantes con la llegada de nuevos conquistadores y colonizadores, la organización de nuevas huestes de conquista y la puesta en producción de las tierras aledañas. Mientras la expansión fue de ampliación de fronteras y la colonización quedó en manos del ganado y unos cuantos indígenas, la ciudad concentró la población española propietaria y ausentista de las tierras adjudicadas. En la medida en que la producción agraria se incorporó a las estancias y el número de indígenas se redujo dramáticamente, se hizo necesaria la presencia del español en el campo y puso de manifiesto la necesidad de introducir nueva fuerza de trabajo, esclavos africanos.

Aunque desde la Conquista se inició la introducción de negros esclavos a la región, bien fuera como personal de servicio de los oficiales del rey o en algunas importaciones de africanos autorizadas para el trabajo minero, durante los siglos XVI y XVII se fueron incorporando esclavos que, en poca proporción, participaron en la explotación sistemática de la minería en el norte del valle. Por contraste, en el siglo XVIII y para atender la necesidad de fuerza de trabajo en las minas del Raposo y en la producción agropecuaria de las haciendas y en los trapiches de algunas de ellas, se produjo una introducción masiva de esclavos que corresponde al aporte mayor de migrantes africanos a la composición étnica de la región. Una muestra del crecimiento demográfico de estos migrantes forzados se evidencia en las ventas de esclavos realizadas en Cartago, entre 1673 y 1744, como se aprecia en el siguiente cuadro.

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Fuente: Notaría Primera de Cartago
En el total del censo realizado en 1797 para las ciudades de Caloto, Cali, Buga, Toro, Cartago y Anserma se observa que la mayoría de la población (59.9%) estaba constituida por los “libres de todos los colores” que incluía mulatos o pardos, negros libres y mestizos a los que también se les acostumbraba a llamar “castas”, quienes en su mayor parte eran campesinos. Los blancos solo representaban el 13.5% del total de habitantes; una mínima proporción de estos conformaban las familias de grandes propietarios de tierras, minas, esclavos y, además, eran los que controlaban el comercio local y con las provincias cercanas, en especial con la zona minera del Pacifico; el resto de los blancos desempeñaban labores administrativas en las propiedades de los llamados “blancos nobles”; y los más pobres tenían parcelas en caseríos integrados a comunidades campesinas. La población aborigen de 4.003 personas representaba el 7.2% del total de las ciudades censadas. Más de la mitad de los indígenas censados se hallaban en comunidades ubicadas en los extremos norte y sur de la región, más precisamente en las zonas montañosas de las ciudades de Anserma y Caloto respectivamente; unos pocos eran dependientes de familias blancas que los utilizaban en labores domésticas o como productores agrícolas en las haciendas. El segundo grupo poblacional, de acuerdo al censo de 1797, eran los esclavos con un porcentaje del 19% del total, solo superado por los libres; estaban dedicados a las labores productivas en las haciendas, minas y como servicio doméstico en las casas de sus propietarios; algunos campesinos con cierta prosperidad económica y blancos de mediana fortuna tenían 2 ó 3 esclavos que utilizaban en las actividades agropecuarias de sus parcelas.

En 1833, empezando el período republicano, las antiguas ciudades coloniales y las nuevas poblaciones de Tuluá y Palmira se habían convertido en cabeceras de cantones que tenían jurisdicción sobre varias parroquias. Al observar los cantones encontramos que Buga y Cali tenían el mayor número de habitantes, con la mayor cantidad de casas con techo de teja y la mejor disposición urbana. Contaban con una elite local de grandes hacendados esclavistas. Palmira y Cartago constituían el segundo grupo entre los cantones con mayor población; pero por su antigüedad, Cartago presentaba un trazado más uniforme y con casas bien adecuadas; Palmira contaba con un mayor número de esclavos para una producción hacendataria mayor que en Cartago; ésta última se distinguía por su actividad comercial al ser cruce de caminos hacia el Chocó, Antioquia y el valle del Magdalena. Caloto por su parte era la jurisdicción con mayor número de esclavos que trabajaban en haciendas y minas; los propietarios de éstas eran ausentistas que manejaban desde Popayán el Concejo Municipal y los funcionarios locales. Toro y Anserma apenas sobrevivían después de su prolongada decadencia; la anexión de Roldanillo a la jurisdicción de Toro parece que no logró detener su crisis. En una posición intermedia se encontraba Tuluá que, a pesar de su relativa poca población, mostraba un crecimiento demográfico significativo -especialmente campesinos y propietarios de medianas haciendas- debido tal vez a su ubicación privilegiada de ser el único pueblo entre Buga y Cartago, además de contar con la parroquia de Ríofrio, en la banda occidental del río Cauca, vecina con los territorios de Cali y Roldanillo. Al sumar el número de pobladores de todos los cantones del valle geográfico del río Cauca, en 1833, el resultado es 66. 332 habitantes; de ellos el 13.13% corresponde a los esclavos.

Finalizando el siglo XVIII, y desde comienzos del siglo XIX, el movimiento antiesclavista liderado por Inglaterra fue debilitando el comercio de africanos (bozales) hacia América y progresivamente los esclavizados, tanto bozales como criollos, fueron disminuyendo mientras crecía el producto de las mezclas entre las diferentes castas afrodescendientes. Al tiempo, desde los comienzos del siglo XIX y los procesos de Independencia, se fortaleció la lucha por la abolición de la esclavitud que fue legalmente abolida en 1852, desapareciendo de las estadísticas oficiales la categoría esclavo. En la realidad se desarrolló un proceso de libertad progresiva denominada manumisión, mediante la cual, en los años inmediatamente siguientes a la abolición formal, los propietarios de esclavos fueron dándoles libertad y recibiendo un reconocimiento del valor del esclavo por parte del Estado.

En la segunda mitad del siglo XIX, comerciantes extranjeros de diversas nacionalidades migraron al valle del río Cauca en busca de la comercialización de materias primas agropecuarias y el nuevo mercado que se abría ante las necesidades de herramientas y artículos de consumo suntuario. Aunque muy reducido en su número, fueron importantes al vincularse con las elites de la región y conformar empresas familiares que, posteriormente, fundamentaron el modelo económico agroindustrial adoptado por la región hacia mediados del siglo XX.

Desde la perspectiva nacional, con el siglo XIX se clausuran las migraciones externas. Desde la perspectiva regional, el movimiento migratorio interno del país hace del valle geográfico el escenario de atracción de migraciones externas a la región, pero internas al país, surgidas en los desarrollos comerciales y económicos del valle y en las confrontaciones políticas en las regiones cercanas que producen desplazamientos de población hacia la región.

Las tres principales migraciones internas que afectaron el proceso demográfico del valle geográfico han sido disimiles en su origen o en el papel cumplido en el crecimiento de la región. Cuando aún no se había producido la creación del Departamento del Valle, desde la región antioqueña se inició un proceso colonizador de tierras pertenecientes entonces a los Estados Soberanos de Tolima y Cauca. El desplazamiento de esta población desde el sur de Antioquia amplió la frontera agrícola sobre las dos cordilleras que forman el valle, en los territorios correspondientes al área de influencia de la ciudad de Cartago. La colonización se realizó bajo el modelo antioqueño de finca-sementera donde el cultivo dominante llegó a ser el café, asociado a productos de pan-coger, especialmente el plátano y el guamo que servían de sombrío. Más adelante, cerca de la década de los 50s, la violencia política generalizada en el país fue especialmente aguda en el antiguo Caldas, en el Tolima, Boyacá, Santander y las cordilleras del valle, desde donde familias de personas política y económicamente activas se vieron obligadas a refugiarse en territorios aparentemente más pacíficos como las ciudades del Valle del Cauca, especialmente Cali, Palmira y Buga. Parte de estos migrantes se fueron estableciendo como nuevos pequeños comerciantes y empresarios de las ciudades y poblaciones vallunas, contribuyendo al crecimiento económico de la región, fundando empresas y dando origen a un sector comercial de amplia cobertura.

El clima socio-económico del Valle en los comienzos del siglo XX pudo vincular sus sueños de un mundo mejor, asistido por el desarrollo de las vías de comunicación y el comercio, a las necesidades de los nuevos migrantes que buscaron un refugio en el que pudieran contribuir a una sociedad ordenada y progresista, sin la violencia que los había expulsado. Esta nueva sociedad debió construir un espacio, una arquitectura y una dinámica cultural en la que fue necesaria y oportuna la migración de afrodescendientes, provenientes de toda la Costa Pacífica colombiana, que se incorporaron al Valle como fuerza de trabajo de campo en los ingenios y como fuerza de trabajo en la construcción requerida por la expansión urbanística de las ciudades, especialmente Cali. La población femenina afrodescendiente fue protagonista importante de esta migración, vinculándose inicialmente al servicio doméstico; pero en su evolución, de empleadas internas a externas y en el restablecimiento de las relaciones sociales con sus paisanos, generaron la necesidad del establecimiento permanente de las parejas y hogares, ampliando el área urbana mediante procesos de invasión con la construcción de casas en zonas cenagosas, barrios piratas y parcelaciones populares. Cabe destacar que éstas migrantes fueron, y son, portadoras del acervo cultural afrodescendiente del Pacífico, tal como lo hicieron las esclavas de las haciendas coloniales, quienes moldearon buena parte de las costumbres hogareñas en las áreas urbanas, especialmente en su función de nodrizas y en la culinaria.

A todas estas migraciones se suma el aporte de los caucano-nariñenses provenientes de tierras altas que llegaron al Valle, en un primer momento, como trabajadores de la construcción de la vía férrea entre Cali y Buenaventura, estableciendo en ese proceso asentamientos rurales minifundistas como Pavas y La Elvira; igualmente, como agregados y propietarios de pequeñas parcelas, ocuparon zonas de ladera en ambas cordilleras del valle geográfico. En las ciudades, especialmente Cali, se han desempeñado como transportadores y obreros. Posteriormente, otra generación se dedicó al corte de la caña de azúcar en condición de trabajadores externos que, con el tiempo, conformaron colonias urbanas en los municipios azucareros del sur del Departamento, donde actualmente es visible la reproducción de prácticas culturales de sus lugares de origen, como la celebración de carnavales, comidas y construcción de casas en ladera. Esta dinámica muestra la permanencia de un proceso migratorio que, junto al de afrodescendientes del Pacífico, hoy en día es muy activo y con alta participación en la mezcla de culturas.

Todos esos procesos de migración, articulados al crecimiento económico de la región, contribuyeron al tránsito del perfil rural al perfil urbano que, en algunas ciudades, empezó a manifestarse antes de 1950, fecha reconocida como el punto de quiebre entre el predominio rural y urbano en todo el país. El proceso fue tan rápido que en 1951 la población total de Cali era de 284.186 habitantes y, en 1964, la población ascendía a 637.929, de los cuales 618. 251 (97%) eran urbanos y sólo 19.714 (3%) se ubicaba en las zonas rurales.

A pesar de que la producción agrícola es amplia en el Valle, a lo que se agrega un área rural con escasa población en la vertiente del Pacifico, bien puede decirse que el Departamento en general, y el valle geográfico en particular, llega a una situación de urbanismo generalizado hacia las últimas décadas del siglo XX.

De campesinos a obreros

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Operador de Controles - Foto: Archivo de Manuelita S.A
El desenvolvimiento de las relaciones de trabajo, desde la Colonia hasta la segunda mitad del siglo XIX, permitió que se pasara de un régimen esclavista, fundado en el esclavo como fuerza de trabajo, a una transición marcada por las diversas formas de relaciones laborales signadas por la semiservidumbre (formas de colonato), como los agregados, arrendatarios y terrazgueros que, poco a poco, fueron accediendo a la posesión y propiedad de la tierra en pequeños fundos como trabajadores libres, campesinos y fuerza de trabajo independiente.

Este transito ocurre inicialmente en el espacio de la hacienda donde se encuentran, hacia mediados del siglo XIX, los últimos esclavos, el peón dependiente, el arrendatario, el agregado y los primeros trabajadores asalariados temporales o jornaleros. En las ciudades antiguas y los pueblos en formación estas relaciones se intensificaron a la par que surgían pequeñas tiendas o pulperías y los talleres de los artesanos en las calles pueblerinas.

Un factor importante en el tránsito de una sociedad señorial, que giraba en torno a las haciendas, a una sociedad moderna, ligada a la conformación de empresas administradas en términos comerciales-capitalistas, fue la constitución de las “sociedades agrícolas”. Mediante éstas, la administración de la hacienda decadente introdujo criterios de una racionalidad económica capitalista, un manejo de la contabilidad que perseguía registrar y controlar la rentabilidad, una estructura de organización empresarial que implicaba cargos de dirección que superaran las formas del manejo familiar característico de la antigua hacienda y un cuerpo de empleados y obreros con funciones y obligaciones específicas. Este tipo de cambios apuntaba a la transformación del manejo, personal y paternalista del hacendado tradicional, hacia formas de manejo empresarial, impersonal e indirecto, a través de un cuerpo de empleados directores que debían responder a una junta directiva; por ejemplo, del contrato laboral verbal, propio del siglo XIX, se pasó al contrato escrito que implicaba rigidez y distanciamiento en la relación entre el trabajador y el propietario.

Es en ese momento, cuando los campesinos y obreros se encuentran en el área urbana con los artesanos, que empieza a gestarse la organización de unos y otros.