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Panorama político y violencia años 50

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Libro sobre la Violencia, con rigor histórico, sobre el Valle del Cauca


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Primera novela sobre la violencia en el Valle del Cauca, publicada en 1954 por Editorial Nuestra América - Buenos Aires y prólogo de Antonio García.
En la segunda mitad del siglo XIX múltiples factores se conjugaron para distinguir la región vallecaucana en el panorama general del Estado Soberano del Cauca al punto que, en términos político-administrativos, fue notoria la necesidad del reconocimiento a esta región en su diferencia con las otras unidades originadas en la fragmentación del Estado Soberano, diferencia que se concretó en 1910 con la creación del Departamento del Valle. Esta decisión política implicó un reconocimiento de la diversidad, tanto en términos económicos como sociales y políticos. También significó develar procesos dentro de los cuales las ciudades y poblados entraron en el juego de la cooperación regional y la emulación entre las localidades de acuerdo con sus propias condiciones naturales, sus modos de producir, de distribuir el producto y establecer las formas sociales armónicas en cada lugar.

En esta situación era normal que se produjera un hervidero regional de posiciones político sociales que permiten caracterizar algunos espacios de acuerdo con sus condiciones sociales y de conflictividad. Si partimos de la identificación de tres espacios como partes del Departamento del Valle al momento de su erección, nos encontramos con una subregión costanera inexplorada (con una escasa población dispersa) que se articulaba al resto del Departamento como vía de comunicación con el Pacífico y con el mercado mundial.

La segunda, comprendida por el sistema cordillerano fue ocupada por campesinos, en el siglo XIX y comienzos del XX, mediante una expansión colonizadora de la que brotaron los poblados en torno a la iglesia, convertidos en referentes para los campesinos en tanto permitieron la congregación de los miembros de una comunidad en formación para el intercambio comercial, para el cumplimiento de los deberes religiosos, trámites administrativos locales y su plaza, en día de mercado, fue el lugar para la expresión popular en defensa del bien común; en estos municipios fueron frecuentes los conflictos por la tierra y por la ideología partidista.

En la tercera subregión -correspondiente al valle geográfico- aunque la propiedad de la tierra marcó su tradición latifundista desde la Colonia, en el siglo XIX la extinción de los mayorazgos, la transformación de las relaciones de trabajo en la hacienda y la multiplicación de caminos fueron dando lugar a la reproducción de pequeños fundos y aún la fragmentación de las antiguas haciendas; lo que, unido a la perturbación social generada por la abolición de la esclavitud, propició en primera instancia, los conflictos laborales entre hacendados y campesinos libres y, en segundo lugar, la tendencia de los hacendados a reconstituir antiguos globos de terreno mediante las empresas asociativas agrarias, dando lugar a conflictos de tierras entre pequeños y grandes propietarios.

En la primera mitad del siglo XX los factores anteriormente mencionados, vinculados a nuevas migraciones, crearon un clima bipolar en el que los espacios cordilleranos agudizaron los enfrentamientos entre sus pobladores al calor de “La Violencia” que, a nivel nacional, se había engendrado con el enfrentamiento de los partidos políticos tradicionales. Los correspondientes deslindes espaciales entre los parciales de uno u otro bando, hicieron que cada lugar fuera simultáneamente refugio o lugar de desplazamiento, según la adhesión política de los individuos. El valle geográfico, al tiempo que se proyectaba hacia la concentración empresarial de la tierra con un alto desarrollo productivo, vivía un proceso de urbanización intenso que asimilaba, a través de la migración interna, parte de la conflictividad de las cordilleras y del desplazamiento que en su interior se generaba. Con estos hechos, las nuevas relaciones de trabajo y la construcción de una cultura urbana, fue posible presentar una imagen de baja conflictividad y de aceptación de gentes desplazadas por las diferentes violencias que, en muy pocos casos, continuaron sus acciones conflictivas en este nuevo espacio.

En estas condiciones, una comprensión más analítica de los fenómenos políticos y de violencia en el Valle permite identificar una serie de conflictos particulares en las distintas subregiones: pacífica, cordillerana y de la suela plana del Valle.



Subregión pacífica

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Foto tomada de: Sánchez, González y Meertens, Donny. Bandoleros, gamonales y campesinos. El caso de la violencia en Colombia. El Áncora Editores, Bogotá, 1983.
El área del Litoral Pacífico, comprendida en la jurisdicción del Departamento del Valle, ha tenido dos factores importantes en el desarrollo histórico del suroccidente colombiano. Desde las primeras expediciones de Andagoya, originadas en Panamá, se reconoció el litoral cercano al río San Juan como el más rico en ensenadas y bahías de la Costa Pacífica colombiana, hábiles para hacerlos asiento de puertos que comunicaran el Pacífico con el interior. En este sector no existen cuencas extensas y paralelas al mar, por el contrario, casi todos los ríos son tributarios directos al océano y bajan desde las cordillera en un trazado generalmente perpendicular a la costa. Este fenómeno hace que, en este sector, el mar sirva de marco al asentamiento de grupos humanos, con escasa comunicación terrestre en las partes altas, por lo que deben comunicarse entre sí haciendo contacto a través del mar y de la extensa red de esteros. Las localidades o núcleos poblados a lo largo de cada río concurren a una franja de esteros que facilitan la comunicación directa con Buenaventura, como polo de atracción de todas ellas. Como puede observarse, el aislamiento relativo entre las comunidades favoreció, simultáneamente, la identidad del grupo con su cuenca hidrográfica y la aceptación y convivencia entre las diversas comunidades del área. Allí la violencia, ni surgió ni fue alimentada por los nativos. Se requeriría de un tiempo hasta que el Litoral Pacífico se hiciera atractivo como objeto de desarrollo capitalista para que apareciera esta endemia.

Subregión cordillerana

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Largometraje de Francisco Norden, básado en la novela homónima de Gustavo Alvarez Gardeazabal sobre la violencia en el centro y norte del Valle del Cauca.
FRAGMENTO DE LA NOVELA CÓNDORES NO ENTIERRAN TODOS LOS DÍAS.

“y en la mañana del miércoles, 28 de mayo, León María Lozano, jefe y señor de las bandas de pájaros del Valle del Cauca, conocedor íntegro de lo que pasó en Tuluá durante casi cinco años, salió con su Agripina montado en un yip del ejercito. La tarde anterior había estado por última vez en su rincón del Happy Bar firmando papeles a su abogado.”

Alvares Gardeazabal, Gustavo. Cóndores no entierran todos los días. Ariel, Bogotá, 1974, P.136.
La colonización de las Cordilleras Central y Occidental, correspondientes a la jurisdicción del Departamento del Valle del Cauca, fue el resultado de diversas corrientes migratorias -con adscripciones políticas, costumbres y diferentes motivos de su desplazamiento- que produjeron, durante la primera mitad del siglo XX, una serie de factores condicionantes del surgimiento de “La Violencia” a mediados de dicha centuria.

La colonización espontánea realizada por campesinos produjo un asentamiento en medianas y pequeñas posesiones, sin titulación legal sobre los predios, y fue simultánea con la colonización realizada por empresas a partir de la concesión de extensos territorios, obtenidas bien sea por cesión de baldíos o por confusos títulos de heredad de origen colonial. Esta simultaneidad sobre territorios sin demarcación ni límites establecidos generó, en pocas décadas, el enfrentamiento entre colonos libres y colonos dependientes de las empresas de las concesiones. En la medida que se expandió el cultivo del café, por ambas cordilleras, se hicieron más comunes relaciones laborales de tipo salarial sui generis que combinaban la contratación personal, por parte del poseedor de la tierra, con la utilización masiva de una fuerza laboral trashumante, generalmente joven, y sin arraigo a una comunidad específica.

Fue en este clima de conflictos latentes donde tuvo lugar el enfrentamiento violento entre la población cordillerana a mediados del siglo XX, conocida a nivel nacional como “La Violencia”. Si bien es cierto que los asesinatos contra campesinos se presentaron desde antes de la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948, también es cierto que la agudización de la violencia se produjo desde el año 1949 como retaliación a las acciones de las juntas revolucionarias gaitanistas. Extremos de esta situación se observaron en casos como el del pueblo de Betania, arrasado en una masacre de decenas de personas que incluyó a mujeres y niños; en contraste, en otras comunidades se presentaron diálogos con la finalidad de lograr una situación intermedia, que permitiera el intercambio de parcelas, buscando espacios de características políticamente homogéneas; como el que tuvo lugar entre un corregimiento del municipio de Sevilla con una zona campesina en la Cordillera Occidental.

Aunque no en su totalidad, en el ejercicio de la violencia se tuvo un cierto control, por parte de la dirigencia política del gobierno nacional, departamental y buena parte de los municipios, que buscó hegemonizar las adscripciones políticas en la población y para ello contaron con grupos delincuenciales, llamados “pájaros”, dedicados al asesinato selectivo cuyo máximo representante fue León María Lozano, “El Condor”.

La prolongación del fenómeno de la violencia en las cordilleras produjo el desplazamiento masivo de campesinos hacia ciudades y pueblos de la zona plana.

Suela plana

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Novela de Arturo Álape referida a la violencia en Cali, publicada en 1984.
FRAGMENTO DE LA NOVELA NOCHE DE PÀJAROS.

“Había surgido el temor a discutir lo que sucedía en la noche. Daba la impresión de que Cali vivía dos vidas. La ciudad aparentemente libre, alegre y bulliciosa que ansiaba con pasión el fútbol en los fines de semana. Y la otra, la de la noche que discurría bajo un velo que todo lo ocupaba. Nadie sabía nada, nadie indagaba por los desaparecidos. Muchas versiones afloraban sobre los hechos, versiones subrepticias nada más. La verdad volaba como el viento y se pegaba a las puertas de las casas y de las paredes de los edificios y terminaba en la pintura de los zócalos, y desaparecía en los labios. Cali era una ciudad que a esas horas se deshacía en su arquitectura republicana con el rumor de su propia muerte”.

Àlape, Arturo. Noche de pájaros.Pijao Editores – Caza de Libros, Ibagué, 1984, P26.
Las transformaciones sufridas en la zona plana a comienzos del siglo XX fueron el caldo de cultivo para el surgimiento de múltiples conflictos, originados tanto en los cambios en la tenencia de la tierra como en las modificaciones empresariales y tecnológicas en las antiguas haciendas, con las consecuentes transformaciones en las relaciones de trabajo y el desplazamiento de la mano de obra hacia los núcleos urbanos. Si a estos conflictos se agregan los originados en la recepción de migrantes de diversa procedencia y las mutaciones provocadas por el desarrollo empresarial, deberíamos esperar una multiplicación sin límites de la violencia; sin embargo, en la práctica los deseos de construir una sociedad nueva aglutinaron las voluntades y morigeraron las diferencias para empezar a dar piso a la convivencia multicultural.

Estos migrantes tuvieron la oportunidad de un trabajo en las recién creadas industrias y una reconstrucción de su vida familiar en ambientes, pueblerinos o citadinos, diferentes a su origen campesino.

Reconociendo que el mayor impacto de asesinatos y masacres fue en las zonas de cordillera, no se puede negar hechos de violencia en pueblos y ciudades, como la masacre en la “Casa liberal”, en Cali, y los asesinatos selectivos de los firmantes de la carta que denunciaba los crímenes realizados por el grupo del “Cóndor” en Tuluá. De otra parte, no se debe olvidar la responsabilidad de dirigentes políticos de diferentes pueblos y ciudades del Valle y su participación en los hechos violentos de la zona rural y los beneficios obtenidos, en terminos del caudal electoral y/o de propiedad sobre la tierra, por compra realizada a bajo precio o por intimidación, a campesinos cordilleranos.