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Secuelas de la Independencia y crisis de la hacienda esclavista 1821-1858

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Iglesia del Convento San Francisco en Cartago
Fuente:América Pintoresca, p.45.
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Retrato de un negro en Cartago
Fuente: Álbum Comisión Corográfica.
Una mirada al valle del Cauca del siglo XIX, hecha desde hoy a comienzos del siglo XXI, apoyada en la profusa producción literaria de la época, podría evocar un valle no sólo ubérrimo sino vigoroso en su progreso y socialmente estable. Nada más lejano de la realidad. En rigor, la crisis generalizada en que las guerras de la Independencia sumieron al valle tuvo plena continuidad hasta la mitad del siglo XIX, apenas morigerada por la voluntad productiva de sus habitantes y porque, como secuela de la Independencia, se produjo el distanciamiento entre la mina y la hacienda rompiendo el ciclo económico fundamental de la región durante el período colonial. Procurando modificar el régimen de tenencia de la tierra, las reformas inmediatas al triunfo republicano llevarían a la extinción de mayorazgos y a la emergencia de indivisos y nuevas formas de poblamiento que, en su dinámica produjeron una especie de colonización interior. Aquellos cambios en el orden económico y social eran expresión de un nuevo orden que apenas se pergeñaba pero que, en el proceso, produjo efectos concretos aplazando la institucionalización de un nuevo orden socio-político que sólo en la segunda mitad del siglo XIX se formularía y tendría aplicación permanente.



Extinción del mayorazgo


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Fuente América Pintoresca p. 51.
Quizá la primera decisión de la administración libertadora en cuanto a la propiedad de la tierra fue la extinción del mayorazgo. Durante el período colonial una de las formas más socorridas para mantener e incrementar el dominio de grandes territorios y, por lo tanto, la preeminencia social y política de sus propietarios, fue la institución del mayorazgo, mediante la cual un señor de la tierra establecía la perpetuidad de la unidad de sus bienes señalando al hijo varón mayor, entre sus hermanos, como único administrador de los bienes heredados por la familia, sin que cada uno de sus miembros perdiera los derechos de goce de los rendimientos de la heredad. Con el tiempo, estos derechos se ampliaron a aquellas personas a las que, por una u otra razón, se les asignaba en propiedad una fracción territorial; esto era usual especialmente en casos de reconocimiento de la libertad a los esclavos por sus buenos oficios. Como los copropietarios se incrementaban en la medida en que la parentela crecía y con ella también se agregaban al mayorazgo las tierras adquiridas por éstos, al momento de la Independencia fueron un factor de poder y de dominio desigual que entorpecía los cambios institucionales. Por lo tanto esta extinción de los mayorazgos significó una redistribución de la tierra, en forma jurídica de indiviso, y la presencia de nuevas personas en un territorio en el que acabaron constituyendo nuevos poblados.

Emergencia de indivisos y nuevas formas de poblamiento.


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Visita del Alcalde de Buenos Aires, Cauca. Fuente: América Pintoresca p.52

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El Bambuco

EJECUCIÓN DE EXTINCIÓN DE MAYORAZGOS Y SURGIMIENTO DE INDIVISOS. CASO GUABAS.

“Señor Alcalde Municipal primero
El Procurador Municipal dice:
Que siendo uno de sus principales deberes pedir el cumplimiento de las leyes de la República, y hallándose entre ellas la de diez de julio de mil ochocientos veinte y cuatro (que determina la extinción de Vínculos y Mayorazgos), para que puedan gozarlos como propietarios los que al tiempo de su publicación estaban poseyéndolos ocurre a usted para que se sirva mandar hacer la división y partición correspondiente de los vínculos de las Guabas y Canangua entre los legítimos poseedores al tiempo de la citada publicación haciendo las cosas por medio de los respectivos alcaldes parroquias para que concurran a nombrar agrimensores, y partidores,… ; pero con la precisa condición de que los abrevaderos, o saladeros generales, y montes que han servido siempre al común, queden indivisos y en favor de los copartícipes, para evitar los prejuicios que son consiguientes a los ganados, y demás animales, si se refundieran en uno solo que tratare de cercarlos, é impedir los tránsitos.
Buga, enero 4 de 1828
Juan Emigdio Gil de Tejada”

Tomado de: Gutiérrez Rodríguez, Graciela. Indiviso de Guabas 1651-1937. Universidad del Valle, Tesis, Licenciatura en Historia, Cali, 1981, p. 96.

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Fuente: Gutierrez Rodriguez, Gabriela. Indiviso de Guabas 1651 - 1937. Universidad del Valle, tesis, lic. en Historia (1981).
Parece muy osado decir que iniciándose la República algunas medidas gubernamentales llegaron a desarrollarse como democratización de la tierra y primeros intentos de desarrollo urbanístico en el valle. Sin embargo la extinción de mayorazgos, al concretarse en la constitución de indivisos y por esta vía obtener la distribución de la tierra, indicaría perfectamente la tendencia hacia un nuevo orden fundamentado en el acceso de mayor número de personas a los medios de producción; al mismo tiempo, en esta distribución se gestó la necesidad casi sistemática de la organización de pequeños pueblos, es decir, organización de nuevos núcleos sociales para los cuales debería encontrarse un ordenamiento político que respondiera a la nueva situación.

Al declarar posible la extinción de los mayorazgos, surgieron las demandas de todas aquellas personas que tenían derechos en una propiedad en la que les había estado vedada su participación administrativa. Estas demandas fueron numerosas en la década de 1825 a 1835. El proceso fue tan tortuoso que la mayoría de los casos tuvieron desenlace legal solo en el siglo XX; no obstante, la crisis de la hacienda indujo a los propietarios a realizar ventas directas “de palabra” (sin documento legal) de pequeñas porciones de la heredad a particulares generando, en pocos años, una especie de propiedad colectiva que de todas maneras no solucionó los permanentes conflictos entre los dueños de derechos en globos de terrenos indivisos, llamados en los documentos de la época como “derechosos”.

Esta situación obligó a los mayores poseedores de terrenos en el indiviso a ceder porciones de su derecho territorial para establecer nuevos poblados que, en pocas décadas, llegaron a ser cabeceras municipales. Aquellos pueblos, conectados por viejas y nuevas vías de comunicación, empezaron a conformar ciudades de segundo y tercer orden en una red que, a manera de franja vertical de norte a sur, creó nuevos patrones sociales y económicos complementarios y émulos de las antiguas ciudades. Ejemplo de esta situación es el surgimiento de Tuluá, que se desprendió de Buga y se convirtió en cabecera del cantón de su mismo nombre con las parroquias de Bugalagrande y Ríofrio y la viceparroquia de Folleco. Algo similar ocurrió con el incipiente surgimiento de Palmira a finales del período colonial que, a comienzos del siglo XIX, logró convertirse en cabecera cantonal e influir sobre Pradera y Florida, pueblos originados en sendos indivisos.

Distanciamiento entre la mina y la hacienda.



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Hacienda Cañas Gordas. Fotografiá: Otto Moll.

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Hacienda Hato Viejo. Fotografiá: Otto Moll.

COMUNICACIÓN DEL GOBERNADOR DE POPAYÁN, DON MIGUEL TACÓN, SOBRE LA PARTICIPACIÓN DE LA POBLACIÓN DEL PACÍFICO A FAVOR DEL REY. 1811

“Los negros de la Costa y Distrito de Popayán nunca han sido a favor de sus amos, por considerarlos enemigos del Rey, al contrario, se han ofrecido siempre a defender al gobierno, y si las graves dificultades políticas que intervinieron no me hubieran detenido a acogerlos y armarlos, lo estarían hace mucho tiempo. El que no se presten a trabajar y hagan otros movimientos, sólo perjudica a los dueños de mina privándoles del producto de ellas al ramo de quintos y Casa Real de Moneda, que en el día está a disposición de insurgentes. Por consecuencia, si Don Manuel Antonio Pérez fuese capaz de avanzar en su proyecto, lograría más que su hermano Don Domingo, cuando en compañía de las tropas de Cali bajó al río de Anchicayá para sujetar la cuadrilla de Yurumanguí, que lo expulsó y declaró, con otras, estar resueltas a cumplir primero las obligaciones de cristianos y vasallos fieles, que de esclavos”

Restrepo José Manuel, Documentos importantes de Nueva Granada, Venezuela y Colombia, Imprenta Nacional, Bogotá, 1969, Tomo V, p.75. (El resaltado es nuestro).
El circuito económico hacienda-mina-hacienda, que daba unidad a la producción del valle, fue disuelto por la guerra de Independencia al ofrecerse libertad a los esclavos por parte de uno y otro bando en pugna. Los dueños de minas en la Costa Pacífica y de haciendas en el valle geográfico, al asumir como su prioridad la participación y abastecimiento de la guerra de Independencia, incrementaron su ausentismo en las minas y, además, ofrecieron la libertad inmediata a los que se incorporaran a la tropa, dejando la mina en administración total por parte de los mayordomos, muchos de ellos esclavos de confianza o libertos. Como las condiciones geográficas no permitieron población dispersa de esclavos en las minas, éstas tuvieron que establecer campamentos para albergar esclavos con algunas “libertades” como familia por choza, responsabilidad de cortes por familia y una cierta concurrencia en horas y días de descanso. Estas nuevas condiciones de vida para las cuadrillas y la circulación del sentido de libertad, envuelto en el concepto de Independencia, impulsaron a los esclavos a asumir el manejo completo de la mina y también su administración por parte de la colectividad dando lugar a la estructuración de pequeños poblados, más o menos autónomos. Así, se privó de la producción y la fuerza de trabajo al propietario legal de la mina.

También contribuyó a la disolución del circuito económico la dificultad de la comunicación entre el valle y los centros mineros del Pacifico, una vez descuidados los caminos e incrementados los pontazgos y los pasos de ríos. Es decir, las haciendas exuberantes de la segunda mitad del siglo XVIII, que crecieron y alcanzaron su esplendor articuladas con las minas, sintieron la crisis y derrumbamiento económico por la guerra de Independencia. Poco tiempo después de la confrontación armada, aquellos propietarios se alegraban por el lento crecimiento económico de la posguerra que les traía la reminiscencia del antiguo esplendor y les brindaba la posibilidad de acomodarse a la nueva situación, en medio de una inestabilidad económica y una inconsistencia del ordenamiento político, visto por los literatos de la época como un mundo soñado de armonía social y de una belleza natural en el que se incubaba una nueva sociedad.

Nuevo orden socio-político



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Álbum Comisión Corográfica

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Fuente: América Pintoresca p.46

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Álbum Comisión Corográfica

FRAGMENTOS DEL CARÁCTER FESTIVO DE LOS VALLUNOS, SEGÚN UN VIAJERO EXTRANJERO EN EL SIGLO XIX.

“En el momento en que entré el cura estaba bailando con la muchacha más bonita que he visto en los alrededores. Lo mismo pensaba el resto de la concurrencia, porque alguien gritó, ‘¡Viva la pareja del cura!’, y en seguida todos empezaron a vivar desordenadamente…”
“Creo haber descrito ya el vestido de baño de los caballeros y las damas. Debo repetir, sin embargo, que los hombres usan un pañuelo de bolsillo, ni más ni menos, por toda vestidura. Las muchachas se ponen algo menos que las señoras: solo una enagua y un pañuelo que anudan en la nuca y meten debajo de la pretina de la enagua…”
“Al regresar a la casa me anunciaron que se acercaba un grupo de ‘sanjuaneros’. Demetrio cargó la escopeta y Mamá Antonia se apresuro a colocar pasteles y aguardientes sobre una mesa en el corredor. El grupo avanzó gritando y lanzando cohetes, a todo lo cual respondió Demetrio prendiéndole fuego, con el taco de la escopeta, a la paja del trapiche. Conté veintiséis mujeres, cada una en un caballo, yegua o jaca. Sin que se desmontaran, se les sirvió una ronda de aguardiente en un vaso grande, sin azúcar ni agua…”
“Frente a dos casas había arcos adornados con telas y frutas, tales como plátanos, piñas y tajadas de cidra, y bajo uno de ellos un banco y una mesa con aguardiente para la venta. Ahora todos se reúnen delante de la casa. Fulgencio, ex - juez del distrito, había comprado una botella de aguardiente, que pasó de boca en boca hasta quedar vacía. Debido a que se pierde tiempo sirviéndolo en un vaso, el licor se acaba más pronto cuando se bebe a pico de botella, y lo que es más sorprendente, se lo toman menos personas.”

Holton, Isaac F.La Nueva Granada: veinte meses en los Andes / Traducción de Ángela Mejía de López. Ediciones Banco de la Republica, Bogotá, 1981, Pp. 436,476 y 477.
El autonomismo característico del valle, y de sus pueblos, se agudizó cuando el debate por la definición y el establecimiento de una estructura política nacional, homogeneizante, dio tumbos entre federalismo y centralismo o entre liberalismo absoluto, liberalismo social y conservadurismo católico.

Así como la inquietud por los temas trascendentales del Estado se ventilaban en las tertulias de las opacas noches bogotanas al calor del chocolate santafereño, la sencilla gente de tierra caliente consumía aguapanela con leche y plátano asado cuando discurría sobre los mismos temas, pero en otro tono, tono que utilizaban los artesanos en las pequeñas nuevas aldeas del valle que estrenaban urbanismo. En estos espacios, los novatos pueblerinos vendían sus productos, comentaban los rumores y las intrigas políticas locales, ejercían la libertad ciudadana, aunque sin tener las condiciones que se habían establecido para poder elegir y ser elegido, pero con la satisfacción de ir de allá para acá, de expresar su pensamiento en lugares públicos, de decidir si atendía o no el repique del bando que anunciaba la última orden del gobierno y, sobre todo, en el caso de las tabaqueras, poder recorrer incesantemente los poblados, como Llanogrande, ofreciendo su tabaco salpicado del chascarrillo y el pregón que articulaba al último chisme local y las limitaciones de su último amante; en los días de mercado, los campesinos comentaban las medidas, legales o no, de su inspector de policía o del alcalde que justificaban las acciones arbitrarias de un hacendado; o la justificación de la ocupación de un lote por un labrador en las orillas de una hacienda o de la restricción de la circulación de mulas y caballerías forasteras por su territorio. Los sectores populares en el valle no hacían su agosto, pero si sentían la capacidad de autodeterminarse; en cada vereda y en cada pueblo crearon un espíritu al que se debían ajustar los grandes poseedores de la tierra y que sin captar mucho el significado, querían que al menos sus pequeñas sociedades fueran lo que les habían dicho que eran las democracias y, para el caso, disfrutaban del ejercicio de los “retozos democráticos”. Aquel orden donde el político de carrera, el picapleitos del pueblo y el inquieto veletas de vereda daban circulación a la información y la interpretaban acomodándose al momento, estaba creando el clima propicio para una sociedad tolerante y dispuesta a tomar nuevos rumbos, proclive al discurso promesero que ocultaba proyectos de un gobierno fuerte y confesional. Pero el valluno soñaba un mundo nuevo con un ferrocarril y un comercio que algún día dejaría de ser una fantasía, sin abandonar su alegría por vivir expresada en el baile y la broma cotidiana.

En ese mundo, cada lugar y cada pueblo tenían algo que lo distinguía de los demás, sin detrimento del carácter general del valluno. Así, los calores extraordinarios del medio día de Cartago se disipaban produciendo los bordados; los cultivadores de arroz de Zarzal y de Ginebra cocinaban su almuerzo como “atollao” de arroz granza con cocli o iguaza; entre el norte y el centro del Valle, en Bugalagrande, el arroz cocido en leche, endulzado con panela y aromatizado con vainilla, se consumía en las tardes acompañado del último chisme del pueblo, al vaivén de la mecedora que había tomado su lugar al frente de la puerta principal de la casa y a la sombra de una acacia. La condición de pueblo de tránsito de Tuluá hacía que proliferaran las pulperías, pequeñas tiendas donde se ofrecían pocos productos como el tabaco, aguardiente y velas de cebo, siempre atendidas por atractivas y coquetas muchachas que alegraban el momento del viajero y del arriero que, con sus caballos o mulas, recorría el valle de punta a punta. En el centro de producción ganadera y azucarera del valle está Buga, que se expresaba muy bien en su producción popular de manjar blanco, colaciones y todo dulce que combinara azúcar, leche y frutas. En Cali, al igual que en todo el valle, la fritanga, el sancocho, el champús y el recién horneado pandebono amenizaban las reuniones familiares en un pueblo con pretensiones de ciudad.